Crió a todos sus hijos y mantuvo a su familia, junto a su esposa, con el producto de su sacrificada labor, no sólo en las salinas, sino también hachando.
Huyamampa (expresión aborigen, cara sucia) es el nombre de un pequeño pueblo del departamento Banda, ubicado a un kilómetro de la ruta nacional 34 norte. Su paisaje no dista mucho de la clásica imagen del resto del territorio santiagueño, con su vegetación baja y abigarrada, como mezquinando la poca humedad que le llega. Sólo sus salinas se distinguen con su lógico manto blanco, con tonalidades cambiantes según el clima, el sol y la hora del día o la época del año. En este páramo diáfano, don José Dalmiro Herrera, de 84 años, recuerda casi toda su vida trabajando para distintos patrones en la extracción de la sal, en el obraje y en otras provincias como cosechero, hachero, constructor («era como un paseo trabajar en la construcción después de tanto sacrificio en el obraje o paleando sal», compara en la charla). Según su memoria intacta, trabajó desde los 15 años, hasta el 78, cuando dejó de funcionar el emprendimiento a la antigua usanza, esto es raspando y cargando la sal desde el suelo mismo en unos gigantescos piletones al aire libre que se cargaban con agua de perforaciones y luego se dejaban evaporar con ayuda del impiadoso sol santiagueño y del viento del norte, que para nada es un benigno soplo que se pueda disfrutar. «Teníamos varias piletas para trabajar. Había una pileta grande, la 16, que tenía 16 hectáreas. Después la dividieron, no era muy linda, se hizo un pantano. Después estaba a continuación la 9 (de nueve hectáreas), que era la buena, a esa generalmente se la cosechaba. Después estaba la 4, la 2 y la 1 (según la cantidad de hectáreas). La 9 que era la mejor estaba casi al centro», relata sobre el emprendimiento minero con el que mantuvo a su familia casi toda su vida Pala en mano «Mi trabajo era juntar la sal con pala. A veces el encargado me designaba para juntar la sal; otras me mandaba a cargar los volquetes (tolvas), sino me ponía a descargar los volquetes en los bordos y así. Algunas veces también me mandaban a trabajar en el molino (donde se hacía la molienda de los terrones de sal) para embolsarla», en bolsas de 50 kilogramos, atarla y apilarla para que después las lleven a través del ferrocarril. Para la Coca Cola Sentado en su casa de San Nicolás, también recordó don Dalmiro el particular destino de la labor de sus manos: «Después venía el camión. Llevaba mucho para Tucumán. Decían que llevaba para la Coca Cola, para una planta que tenían en Alberdi». Y añade con risas compartidas por su familia, que escucha su pormenorizado relato con caras de asombro y respeto: «Parece que le habían sabido poner sal a la Coca!». La cantidad de compañeros podía variar entre 15 o menos: «Algunos juntaban sal, otros iban a cargar los volquetes con la sal. A veces diez, a veces cinco trabajaban en el bordo, que cada uno descargaba un volquete, que no era más que empujar la palanca para que caiga la sal». La sal viajaba en un pequeño vehículo ferroviario como un tren en miniatura, la máquina se llamaba chorva y los volquetes eran tolvas. Todo el conjunto rodaba por sobre unos rieles móviles, que se extendían hacia el interior de la salina, según en qué sector se estuviera trabajando. Para ello se levantaba un terraplén como un veredón alto flanqueado por sendas hileras paralelas de palos a pique que sostenían unos tablones. Todo este conjunto no hacía más que brindar la solidez necesaria para que los rieles sostengan sin inconvenientes el paso del mini convoy. Éste era otro de los trabajos que realizaban don Dalmiro y sus compañeros de fajina. A la estación Una vez que los volquetes estaban cargados, eran arrastrados por la «chorvita» a la estación del pueblo de Huyamampa, a unos diez kilómetros de distancia. Cada carga que se extraía era descargada luego en unos edificios ferroviarios, separados de la estación por una calle, desde allí los llevaban camiones en tiempos más recientes. En ocasiones las bolsas de sal compartían un «canchón» adyacente a las vías con productos forestales (leña, carbón, durmientes, «rodrigones» para los viñedos de Cuyo, etc.), esperando su turno para ser trasladados en tren.
