“Nos jugamos muchísimo, nos jugamos la vida, la vida de toda nuestra familia”.
Con esa frase, Diego Maradona había definido lo que significaba para su Gimnasia el clásico ante Estudiantes. La derrota 1-0 (gol de Mateo Retegui), por la fecha 12 de la Superliga, lo hizo atravesar por diferentes sensaciones en el Bosque. La furia contra la Gata Fenández, la desazón por el gol inesperado en el mejor momento del Lobo y la trifulca del epílogo. Pero en el vestuario, con menos cámaras a su alrededor, el astro, de flamantes 59 años, mostró su imagen más desconsolada.
Sentado en un escalón, devastado, con la cabeza baja, la barrera que propuso la seguridad para evitar exponerlo (de la que formó parte Maxi Pomargo, su mano derecha, cuñado de Matías Morla, amigo y apoderado) de todos modos permitió ver al Diez abatido en un video de ESPN. Incluso, dejó caer alguna lágrima de tristeza; una prueba más de lo consustanciado que se encuentra con la causa Gimnasia.
Además, para Diego el partido tenía un condimento especial: enfrente estaba Juan Sebastián Verón, presidente de Estudiantes y hoy uno de sus antagonistas, tras una historia de egos, traiciones y un acercamiento que terminó mal. Es más: cantó, al unísono con los hinchas de Gimnasia “el que no salta es un inglés”, un claro dardo hacia la Bruja, que quedó con ese estigma tras el Mundial 2002. Un combo que dejó una imagen fuerte, inédita, del capitán del seleccionado campeón del mundo en México 1986.