Muerto el verano, los españoles hemos vuelto a Bruselas. Digo los españoles y me refiero a todos los españoles que por dedicación u oficio tienen un puesto aquí, ninguno se ha quedado en casa. Y ahora la mayoría está en cuarentena.
Nos hemos convertido en los apestados de la nueva normalidad europea, no sé cómo lo hemos hecho pero nuestro país ha sido uno de los más perjudicados por la primera ola del virus y desde luego el más perjudicado por la segunda. Con la única excepción de los que vienen de Tenerife, los españoles en Bélgica estamos obligados a hacernos dos pruebas PCR y además a quedarnos 15 días en casa. El último fin de semana, todo fue un poco más lejos y ya en el aeropuerto de Barajas, antes del despegue hacia Bruselas, se hacía confesar a los pasajeros la razón de su viaje, y si esa razón no estaba entre la lista de causas justificadas para volar a Bélgica que se le había entregado a la azafata, se los desembarcaba.
El asunto tiene aún mayor gravedad si se piensa que Bruselas es la capital europea, o sea, nuestra capital, y que durante el próximo trimestre probablemente fracase la negociación sobre el Brexit, se cierre el presupuesto comunitario de los próximos siete años y se termine de definir el cómo se gastará y se controlará el gasto del nuevo fondo de recuperación, y que todo eso ocurrirá sin más españoles aquí que los que tenemos puesto fijo, y de esos solo los que no se encuentren confinados en su apartamento. Nuestra ya mermada capacidad de influencia europea se va a ver aún más reducida porque en un momento decisivo nos han puesto en cuarentena.
Sería divertido si no fuera patético, pero el colmo de esta situación es que la ciudad de Bruselas en sí misma es también considerada zona roja por el Gobierno belga. Por decirlo claro, Bruselas debería estar en la relación de sitios desde los que no se puede viajar a Bruselas, conque por el mero hecho de salir a la calle todos los ciudadanos de Bruselas deberían someterse a la misma cuarentena a la que nos sometemos los españoles que viajamos a Bruselas.
Personalmente, me libré de ese confinamiento selectivo porque llegué a Bruselas después de pasar una temporada en Francia y con antelación suficiente. Durante los últimos 20 días, he hecho vida normal en Bruselas, con lo que he transitado por una zona roja lo mismo que cualquier español que llega de España, y, sin embargo, más allá de las precauciones de manual que también se cumplen en nuestro país, no tengo ninguna restricción particular a mi libertad porque mi virus, caso de que, pese a la mascarilla, el lavado de manos y la distancia física, me contagiase, no sería un virus español sino belga.
Francia, sin ir más lejos, pelea para que el Parlamento Europeo cumpla con su obligación de reunirse en Estrasburgo. ¿Sus argumentos?, que en la medida en que se pueda se debe seguir con la vida normal, que la situación en Estrasburgo está controlada y que en todo caso no es peor que en Bruselas. ¿Han escuchado ustedes a nuestro Ministerio de Exteriores defender así el interés de España y de los españoles? Yo no.
Veinte países de 26 de la zona Schengen ya imponen restricciones de movimientos específicas para los viajes a España y desde España, como si nuestro país fuera el ombligo del covid (¿lo es?), y Exteriores sigue en babia. Ni protesta ni se explica. Están a otra cosa.
Aunque a decir verdad hay que reconocer que la cuarentena es el estado natural de la política nacional desde hace tiempo. El Gobierno pone en cuarentena al Congreso, Sánchez a la humildad, los partidos unos a otros, los nacionalistas a España, las comunidades autónomas al Gobierno y el Gobierno se llama andana, que es lo mismo que poner en cuarentena su responsabilidad. España es hoy la patria de la cuarentena como estrategia política, y así nos va.
La cuarentena es el estado natural de la política española desde hace tiempo. El país es hoy patria de la cuarentena como estrategia política
Lejos de entender nuestra Guerra Civil como el prólogo de la II Guerra Mundial y así integrarnos en la corriente de reconciliación de la que surgió la Unión Europea, últimamente nos hemos emperrado en mitificarla para que constituya nuestro hecho diferencial en el continente. Lo mismo con el franquismo, en lugar de tenerlo por uno de los epílogos de una corriente autoritaria de la Historia que, por la derecha y por la izquierda, deshizo las democracias burguesas en toda Europa, desde hace unos años, hemos decidido enredarnos a su costa como si la Unión Soviética, por poner un solo ejemplo, no se hubiera comido media Alemania hasta 1989 y fuésemos los únicos que padecimos una cruel dictadura.
España misma lleva voluntariamente siglos de cuarentena política en Europa. Cuando en nuestra política nacional, donde, sin ir más lejos, no constituyen política de Estado ni la monarquía, ni el poder judicial ni los servicios secretos, se dice que la política exterior es una política de Estado, ¿qué se está diciendo en realidad? Que no interesa en absoluto. Afirmar aquí que la política internacional es política de Estado es una forma educada de excluirla del debate, no para salvarla, aquí no se salva ni el Rey, sino para no aburrirnos. Lo que no sea cuarentena no es español, el aislamiento es nuestro destino.


