El pueblo argentino no quiere volver a los ventiladores

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Según el diario La Nación, el problema energético pasa por la excesiva y descontrolada demanda, alimentada, claro está, por el populismo energético de los gobiernos anteriores. La argumentación aburre por enclenque y repetitiva.Hostigar la demanda y el consumo popular es una práctica bicentenaria de la derecha argentina; es gestionar y planificar con el objetivo manifiesto de atrofiar el mercado interno y la industria, desfinanciar al Estado y desmantelar una infraestructura genuinamente federal. En otras palabras, se busca acrecentar el excedente para así aumentar el saldo exportable, menos poder para las fuerzas socioeconómicas privadas y públicas vinculadas al mercado interno y a la diversificación económica del país, más provincias subordinadas a un gobierno centralista y conservador, más poder para la tradicional oligarquía agroexportadora y sus socios de la gran burguesía rentista, mercantilista e importadora (de manufacturas extranjeras). En esta imagen que corresponde a un artículo publicado por Clarín días atrás sintetizado lo anterior:

Volver al ventilador? Decía un ex Presidente Boliviano entre 1930 y 1931, representante de la oligarquía santacruceña que creía suyo los hidrocarburos del país (los exportaban mientras el pueblo no tenía ni para alimentar una bombita de luz): “Somos país pobre y debemos vivir pobremente”. Por suerte Evo Morales no le llevó el apunte. Es que no somos países pobres sino países ricos pero deliberadamente empobrecidos.

La oligarquía argentina y sus socios extranjeros pretenden hacernos creer lo mismo: vivimos en crisis, debemos vivir críticamente (como en una economía de guerra). Nuestros hidrocarburos y nuestra energía no alcanzan; el consumo debe bajar exponencialmente, hasta que logremos tener una balanza superavitaria (exportaciones por encima de las importaciones). Es el famoso autoabastecimiento pero con las industrias, las provincias y el pueblo afuera. En suma, “volver al ventilador” es hacernos creer que vivimos en un país pobre; es inculcarnos la idea de que el aire acondicionado es para los ricos y los accionistas de las empresas al frente de la cámara empresarial con rango ministerial (Ministerio de Energía que le dicen). El pueblo al ventilador, mientras los socios del Presidente de la Nación siguen fabricando y comercializando aires acondicionados a mansalva.

¿Por qué hablan de crisis energética?

Porque quieren inocularnos la idea que la energía es un privilegio y no un derecho. El rechazo a las represas de Santa Cruz implica revertir la tendencia registrada desde 2003 de aprovechar el potencial hidroeléctrico nacional (estimado en 45.000MW; hoy tenemos instalados 11.108). La hidroelectricidad es la fuente renovable más utilizada en el mundo y que más ha crecido. Es una energía barata, limpia y renovable, con ingentes beneficios socioeconómicos. Ha sido clave como obra de infraestructura en tiempos de crisis económicas y, por sus bajos costos de generación, pieza fundamental en los despegues industriales de potencias como EE.UU., Canadá y Alemania, entre otras. En nuestro caso y vinculado a las represas del río Santa Cruz, implica una sustitución de combustibles importados del orden de los 1.100 millones de dólares anuales, agregando como fuera dicho el beneficio de la asequibilidad energética. Y este punto resulta estratégico, porque la energía no está para generar superávit de la balanza comercial ni para mantener llenos los bolsillos ni satisfechos los estómagos de accionistas privados. ¿Para qué la energía, entonces? Y aún más trascedente: ¿Para quién?

“La energía es vital para erradicar la pobreza, mejorar el bienestar humano y elevar el nivel de vida” (PNUD)

La energía para qué y para quiénes, el interrogante que debería comenzar a hacerse el pueblo argentino que no quiere volver a los ventiladores. A este propósito, sírvase el lector de algunas definiciones que, justamente por sus conceptos nacionales, fueron sistemáticamente censuradas por los medios neoliberales y su ejército de lobbistas. Estas definiciones, así como el estudio de los verdaderos indicadores que miden la seguridad energética de una nación, vienen siendo desarrolladas por el OETEC desde su Laboratorio en Seguridad Energética.

Al comenzar el nuevo milenio, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas (ONU-DAES) elaboraron la siguiente y contundente definición acerca de la función primigenia del sistema energético de una nación, sobre todo de una en vías de desarrollo: “La prestación de servicios de energía adecuada y confiable a un precio asequible, de una manera segura y ambientalmente benigna, y de conformidad con las necesidades del desarrollo económico y social, es un elemento esencial del desarrollo sustentable. La energía es vital para erradicar la pobreza, mejorar el bienestar humano y elevar el nivel de vida”.

Pero las definiciones y acciones más determinantes en el sentido de transformar a la energía en un instrumento para alcanzar “el desarrollo económico” y en un contexto de “aumento del bienestar y la productividad humana” obedecen a esta última década. La iniciativa madre, base de los programas vigentes de Naciones Unidas en energía y denominado “Energía Sustentable para todos” (sic), se plasmó en el documento “Energía para un desarrollo sustentable en la Región de Asia y Pacífico: desafíos y lecciones de los proyectos del PNUD”. Se trató de un trabajo revelador publicado en 2004por expertos asiáticos del PNUD. Entre las definiciones allí plasmadas destacamos: 1) “La energía afecta prácticamente todos los aspectos del desarrollo económico y social, incluyendo los medios de subsistencia, agua, agricultura, población, salud, educación, creación de empleo y cuestiones relacionadas con el género. La energía, por lo tanto, es central a todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio. La idea básica del enfoque energético del PNUD pasa por enfocarse en la creación de un acceso equitativo a los servicios de energía limpia, fiable y asequible para contribuir significativamente al crecimiento económico y la reducción de la pobreza”; y 2) “La energía es un insumo importante para proporcionar los servicios básicos a las necesidades humanas; así como es también la llave de entrada para un desarrollo sustentable y para todo esfuerzo en la reducción de la pobreza. Por lo tanto, el papel de la energía está fuertemente vinculado al desarrollo social, económico y ambiental”. Más revelaciones…

En un trabajo publicado en 2013 en la revista especializada Sustainability, el Dr. Patrick Nussbaumer de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNIDO, por sus siglas en inglés) confeccionó una interesante y superior definición de “energía”, puesto que colocaba en el centro de la escena a la seguridad jurídica de la ciudadanía en función de un proceso de emancipación socioeconómico: “El acceso a servicios modernos de energía, limpios y asequibles, es central a la emancipación socioeconómica. Por servicios energéticos entendemos la utilidad que damos a la energía, o a la aplicación útil de la energía en tareas deseadas por el consumidor como pueden ser el transporte, una habitación cálida o la luz (iluminación); y por modernos nos referimos a un relativamente alto grado de facilidad en la obtención de tales servicios… Los servicios de energía (por ejemplo, iluminación, calefacción y una cocina a gas o electricidad, energía para las telecomunicaciones y el entretenimiento), aunque están por descontado en los países industrializados, siguen siendo inalcanzables para una gran parte de la población mundial. La falta de acceso a la energía representa una importante barrera al desarrollo humano y el logro de los objetivos establecidos por la comunidad internacional, tales como los Objetivos de Desarrollo del Milenio”.

Pues bien y regresando al caso argentino, el mismo año en el que el PNUD se proponía recuperar la energía -enajenada al neoliberalismo- Néstor Kirchner lanzaba (mayo de 2004) con igual espíritu y objetivos el Plan Energético Nacional. Dicho plan, el más ambicioso de la historia energética nacional hizo posible finalizar obras de energía por más de 24.455 millones de dólares apuntalando una economía que se expandió en un 90% en los últimos doce años. Se incorporaron 12.250 MW y se construyeron más de 5.800 kilómetros de líneas de alta tensión (¡en la Patagonia 2.058 kilómetros, señor editorialista!) que permitieron anillar el sistema energético nacional. En estos 10 años la demanda energética en la Argentina prácticamente se duplicó. Las obras mencionadas se tradujeron en la incorporación de nuevos usuarios a lo largo y a lo ancho del país a servicios a los que anteriormente no tenían acceso: desde el año 2003, se sumaron casi 4.600.000 hogares y 320.000 nuevos medidores industriales y comerciales a la red eléctrica, mientras que se conectaron a las redes de gas a más de 2.300.000 de hogares y a 120.000 nuevos medidores industriales y comerciales. Que quedó mucho por hacer, no caben dudas. Pero la herencia fue nefasta y de medio siglo de vida.

 

En este sentido, consideramos que la hidroelectricidad es crucial para seguir profundizando la universalización de la energía, la energía como herramienta para el desarrollo y una progresiva calidad de vida para los 42 millones y las 23 provincias, sin exclusiones de ningún tipo. Y si en ese camino importamos más combustibles y exportamos menos o nada, que así sea. De la misma manera que si Edesur y Edenor deben endeudarse para invertir lo que no invirtieron (por eso recuperamos el FOCEDE), que así sea también. Nosotros preferimos una balanza deficitaria y accionistas endeudados por un tiempo -luego de décadas de levantarla con pala e invertir prácticamente cero- que ventiladores para todos y todas. ¿Crisis energética? Todo depende la concepción cultural de la energía que se tenga.

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