Cuando una ambulancia se llevó a Juan Pedro Martínez Chichil al hospital, Reyna Flores, su compañera le puso un rosario en la mano y lo bendijo.
“Nunca pensé que sería la última vez que lo iba a ver y abrazar”, dice Reyna, rota en llanto.
Siete días después, el 7 de junio, a sus 36 años de edad, Juan Pedro, un trabajador de un empaque de cerezas perdió la batalla contra el coronavirus, y dejó en la orfandad a cuatro hijos, tres de ellos menores de edad.
Originario de la ciudad de México, murió en un hospital de la ciudad de Stockton al norte de California.
Agobiada por la tristeza, Reyna narra entre lágrimas cómo fueron los últimos días de vida de Juan Pedro.
“El 24 mayo comenzó con un poco de tos, pero él siguió trabajando. Pensábamos que era porque durante su jornada, tenía que estar entrando y saliendo de lo caliente a lo frío. Pasaba mucho tiempo en un refrigerador”.
En plena temporada de la cereza, el trabajo de Juan Pedro de cargar y descargar los camiones se había intensificado.
“No tenía días de descanso. Dormía tres, cuatro horas. No comía bien”.
Cada vez peor
Después de la tos, le vino la temperatura y dolor de huesos. “Me decía que se sentía desganado y muy cansado”, recuerda Reyna.
El 26 de mayo Juan Pedro ya no fue a trabajar. “El 27 de mayo fuimos a hacernos la prueba del coronavirus. Para el día 30 de mayo, se sofocaba al respirar y se fue a emergencias del hospital, pero le controlaron la respiración y lo dejaron salir”.
Sin embargo, de regreso a la casa, estuvo sudando copiosamente. El día 31 de junio su estado de salud empeoró. “Mami me siento muy mal, no puedo respirar. Lo toqué, tenía temperatura, las manos frías, la cara pálida y los labios morados”.
Reyna comenta que todo lo que su esposo había tomado para controlar el COVID-19, era tylenol, naproxeno y jarabe para la tos.
“Se quejaba de que le dolía mucho el pecho cuando tosía, y tenía mucha flema”.
Estaba tan mal que Reyna llamó al número 911 de emergencias para que se llevaran a su esposo al hospital. “Él todavía se dio un baño para ver si le bajaba la temperatura. Le preparé la ropa para que se cambiara y se fuera al hospital. Yo no quiero que te vayas, le dije”.
El 1 de junio le llamaron del hospital para decirle que debido a que Juan Pedro estaba muy desesperado por no poder respirar, lo tuvieron que sedar y entubar.
“Estuvo siete días en el hospital. A la mitad de proceso, una enfermera me hizo el favor de hacernos una videollamada. Me sentí muy mal e impotente de no poder estar ahí con él. Por más que rogué que me dejaran, no me permitieron”.
Sin poder hacer nada
Recuerda que en el diálogo a través de la videollamada, le dijo a su esposo que luchara por su vida y le echara ganas. “No te preocupes por nosotros. Vamos a estar bien. Él como que trataba de despertar cuando yo le hablaba”.
Reyna de 39 años de edad, confía que ella misma contrajo el coronavirus. “Yo tuve dolor de cabeza y corporal, diarrea y temperatura, pero nunca estuve tan mal como mi esposo. Mis cuatro hijos también contrajeron el coronavirus, pero no presentaron síntomas serios”.
El 7 de junio le llamaron del hospital para decirle que su esposo había perdido el pulso y no podían hacer ya nada.
Una vez fallecido, después de lidiar con muchas funerarias, contrató los servicios de una que le permitió ver el cuerpo de su esposo y despedirse de él.
“Me dio mucha tristeza verlo, pero a la vez sentí mucha paz. Yo me traje su alma y su espíritu conmigo. Y le presté mis ojos, mis manos y mis brazos para que me abrace a mi y a nuestros hijos”.
Reyna dice que decidió que cremaran el cuerpo de su esposo para traer las cenizas a su casa. “Este es su hogar, y quiero sentirlo cerca”.
Describe a su compañero como un hombre “bien alegre, bien sonriente , bondadoso y amoroso. Siempre al ir y llegar del trabajo nos despedíamos con un abrazo y un beso”.
Pero como todos, cuenta que a veces se enojaba. “Por una injusticia sacaba las garras. Siempre luchó por nosotros. Pero fue un padre ejemplar. Siempre decía lo que sentía. Y aunque no hubiera dinero, decía vamos a hacer esto, y lo hacía”.
Platica que claro que su esposo tenía miedo al coronavirus, pero aún así nunca dejó de trabajar. “Cuando veía las noticias, y se daba cuenta que alguien enfermaba o moría, decía, ‘ha de ser muy feo.’ Él se protegió, compró mascarillas y guantes”.


