Cine: El actor Mariano González estrena «Los globos», aguda reflexión sobre el temor a ser padre

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El actor y director teatral hace su debut como cineasta, que él mismo protagoniza y donde dirige a su propio hijo y a su padre en un relato íntimo y agudo sobre los temores internos de un hombre que intenta huir de su paternidad, que ganó el premio de la crítica internacional en el Festival de Mar del Plata y se estrenará este jueves en salas de Buenos Aires, Córdoba, Neuquén y La Pampa.

“Creo que en muchos padres, especialmente en algunos padres primerizos, surgen muchos miedos y preguntas sobre la paternidad. Uno intenta esquivar lo que le toca y de lo que tiene que hacerse cargo. Siendo padre, se te acaba esa cómoda existencia de ser para uno solo y te tenés que hacer cargo de otra persona”, explicó González, que además del premio Fipresci en Mar del Plata ganó el Premio del Público en el Festival de Cosquín.

Formado como actor con Norman Brisky, Julio Chávez y Ricardo Bartis, González ofrece un promisorio debut como cineasta con este drama que sigue las desventuras de un padre que intenta entregar a su hijo en adopción, y sostuvo que esa historia de abandono “surge como una experiencia por haber sido padre. Es frecuente ese pensamiento, porque la madre lo tiene nueve meses en su cuerpo y los hombres no tenemos ni idea de qué vínculo se genera entre ellos dos”.

Con Alfonso González Lesca, Juan Martín Viale y Jimena Anganuzzi, “Los globos” describe los días grises y rutinarios de César, que trabaja en una pequeña fábrica de globos en los suburbios de Buenos Aires y se ve forzado a hacerse cargo de su pequeño hijo Alfonso, cuya madre murió en un accidente hace algunos años, aunque él -atrapado por el temor hacia su responsabilidad- planea entregarlo en adopción.

“Creo que en un mayor porcentaje, de una u otra manera, las madres están siempre con su cría. No hay en ellas un pensamiento de fuga. De alguna u otra manera están con sus hijos, sin las dudas y los temores que viven los padres”, agregó en diálogo con Télam el director, que se reconoce como un cineasta autodidacta que aprendió los gajes del oficio gracias a los cursos que él mismo dicta de actuación frente a cámara.

¿Hasta qué punto te atravesaron a vos los mismos temores que el personaje que encarnás?
Mariano Gonzalez: Al igual que al personaje, a mí también me atravesaron ciertos temores que tienen que ver con ser padre. Y era un asunto que sentía que tenía que contar también como actor. Al empezar a escribir esta historia, mi hijo Alfonso tenía 2 años y cuando filmamos tenía cuatro. Con las sensaciones que viví con su llegada pude hacer la ficción de la película y convertirla en otra historia con otros personajes.

¿Por qué incorporaste a tu hijo como un personaje de tu película?
MG: Creía que si él trabajaba en la película iba a sumar mucho a la sensibilidad de ese vínculo entre padre e hijo, y eso permitiría que el material fuera más sincero y verdadero. Quería que lo hiciera él porque estaba escribiendo esta historia a partir de su llegada a mi vida. Pero también pensaba que durante el rodaje yo estaría en tantos roles, que también me tendría que ocupar de él y sería una responsabilidad, una preocupación más.

 ¿Cómo trabajaste con él durante la filmación, qué tipo de indicaciones le dabas?
MG: Le conté de qué se trataba la película, pero sin darle demasiados detalles sobre los personajes, y creo que él se fue armando su propio libreto. Tenía mucha frescura y libertad de pensamiento para su edad. Había en él algo muy inconsciente y consciente a la vez, que lo hacía muy inteligente a la hora de trabajar. Creo, incluso, que inconscientemente él me dirigía a mi. Jugó muy bien su papel.

 También trabajaste con tu papá y además le dedicaste la película…
MG: A mi padre le ofrecí el personaje del Rubio, el abuelo del niño. Yo sabía que él podía hacer ese personaje, que tenía que generar tensión y miedo. Él se tenía que operar y decidió que lo haría luego de filmar. Fue algo hermoso que compartimos como despedida, porque al final se operó, se le complicó el posoperatorio y murió un mes después. Fue un regalo y una suerte que tuve en la vida poder trabajar con mi padre y con mi hijo, y juntar así a las tres generaciones en la misma película.

 Viniendo de la actuación y el teatro, ¿cómo viviste tu debut como director de cine?
MG: Fue una experiencia muy buena, que pude disfrutar porque logré todo lo que me proponía. No estaba nervioso porque sabía que estaba aprendiendo y era algo que debía descubrir. Sabía lo que quería contar y eso me permitía probar cosas. Siempre relaciono el trabajo con un lugar lúdico, en equipo, donde poder disfrutar. Es un juego que te permite contar y ofrecer algo, y creo que hay que disfrutar esa oportunidad de poder narrar una historia.

 ¿Tenés planeado repetir la experiencia?
MG: Creo que la dirección es algo que seguiré haciendo mientras pueda porque es algo que disfruto mucho. Trabajé todos los aspectos, siempre proponía cosas, pero dejando la puerta abierta a lo que pensaran los demás. Me gusta trabajar con esa permeabilidad para recibir comentarios, siempre escuchando, para poder producir un mejor material. Pero tenía claro que quería proponer en cada plano y cómo sería el mejor modo de filmarlo.

 ¿Y cuál es tu forma de trabajo con los actores en el rodaje?
MG: Trabajo mucho con la sinceridad de lo que somos, una sinceridad que se tiene que ver y tiene que contar lo que queremos. Eso es lo que nos hace verdaderos. Y dentro de esa sinceridad está la torpeza y lo instantáneo. Por eso no me gusta ensayar mucho, porque creo que hay algo que se puede perder por exceso técnico. Prefiero la sorpresa y la torpeza que todos tenemos en la vida real. Trabajamos mucho en base a charlas para poder mantener frescura y verosimilitud, pero también para que apareciera algo nuevo más allá de mi idea. Lo inesperado.

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